Ciudad de México
Muchos mundos en uno (México)
Cuenta la tradición que los mexicas, una facción del pueblo azteca, escuchó la llamada del dios Huitzilopochtli allá por el año 1064 de nuestro calendario, quien les prometió una nueva tierra donde tendrían riquezas y serían poderosos. Abandonaron Aztlán, especulativamente al norte del Valle de México, hasta que encontraron el islote del lago salado de Texcoco donde vieron un águila devorando una serpiente sobre un nopal, interpretándolo como una señal de que ese era el lugar. Esa escena hoy es la imagen del escudo nacional.
Allí crearon su propia identidad como “mexicas”, que en la lengua náhuatl significa “los de México”, fundando la ciudad de México-Tenochtitlan, una auténtica ciudad-estado fruto de un profundo conocimiento del aprovechamiento de los recursos y de una capacidad de desarrollo asombrosa.
La capital del Imperio Mexica fue una ciudad acuática sorprendente. Vertebrada por una compleja red de canales que sus habitantes utilizaban para el transporte con canoas, desarrollaron avanzadas técnicas agrícolas denominadas chinampas o islas artificiales para el cultivo a las que llevaban agua dulce para el riego construyendo acueductos, elevaron puentes para comunicarse con tierra firme a través de tres calzadas principales y en el centro de la ciudad levantaron un imponente centro ceremonial en forma de pirámide dedicado a Huitzilopochtli y Tláloc, hoy denominado Templo Mayor localizado al lado derecho de la Catedral Metropolitana de Ciudad de México, rodeado de palacios y plazas. Cuando Hernán Cortés llegó a Tenochtitlan quedó tan asombrado que la definió como la “Venecia del Nuevo Mundo”.
Sobre aquellos restos se alza hoy la cosmopolita Ciudad de México, bajo cuyos pies van apareciendo testimonios de una de las culturas más importantes de América, manteniendo viva la seña de identidad de un pueblo extremadamente amable, acogedor y orgulloso de sí mismo.
La segunda ciudad con más museos del mundo es también poseedora de cuatro sitios Patrimonio Mundial de la UNESCO y de un crisol cultural que hacen de ella un referente global, un genuino centro de conocimiento y creatividad del que han salido artistas de reconocimiento universal, cuyos legados son ya hitos incontestables.
Xochimilco, el origen en las chinampas de flores
Ciudad de México es una megápolis horizontal con cifras superlativas en todos los sentidos, palpitante y a veces abrumadora, pero en medio de ese frenesí conserva su germen en la naturaleza, allí donde todo comenzó.
Xochimilco, sin perder nunca la magia onírica de su atmósfera, es mucho más que la estampa colorista de las trajineras que surcan los canales al son de los mariachis, de los puestos flotantes de comida popular o de vendedores de flores, de las degustaciones de pulque, un licor elaborado con aguardiente de miel y agave y de las mil curiosidades que uno se puede encontrar en este laberinto acuático. Su valor trasciende incluso mucho más allá de la enigmática atracción de las leyendas que rodean la Isla de las Muñecas, famosa por las miles de muñecas colgadas en los árboles desde mediados del siglo pasado cuando un agricultor, obsesionado por el trágico ahogamiento de una niña en los canales, comenzó a recopilar muñecas sin importarle el estado a modo de amuletos para combatir la maldición. Tal fue la curiosidad que despertó en las gentes que terminó siendo un atractivo turístico que Julián Santana, propietario de la isla, permitió visitar a cambio de un pago en forma de muñeca. Poco a poco su fama creció hasta el punto de que ha sido el escenario del rodaje de producciones de Lady Gaga y Tim Burton, consolidándolo como una atracción culturalmente rica y única.
En el santuario medioambiental de Xochimilco, reconocido como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO por su valor histórico y natural, la historia prehispánica no es un recuerdo, sino una realidad tangible. Sus canales son la viva herencia de las chinampas, aquellas islas flotantes que los mexicas crearon como huertos para alimentar una ciudad en constante crecimiento y para la plantación de flores, una tradición que hoy pervive, tanto en las muchas barcazas que surcan como puestos de venta ambulantes, como en los muchos viveros que jalonan los canales.
El legado universal prehispánico
El germen identitario de Ciudad de México se encuentra cronológicamente antes del siglo XV. Siete siglos después de la fundación de Tenochtitlan en medio de un lago y vertebrada por canales, hoy se extiende el casco histórico y donde entonces había pirámides hoy se despliega el Zócalo, la plaza más grande de Latinoamérica jalonada por el Palacio Nacional, el Ayuntamiento y la Catedral Metropolitana.
"Era medianoche y tuve la oportunidad de vivir como arqueólogo una experiencia inolvidable: poder ver la mitad del monumento, una maravillosa escultura con grandes relieves y aún con restos de pintura. Al verla rememoraba los descubrimientos del calendario azteca y la Coatlicue, monumentos arqueológicos hallados ocasionalmente doscientos años antes muy cerca de allí". Así describe Raúl Arena, arqueólogo miembro del servicio de Salvamento Arqueológico, su emoción ante el descubrimiento de los primeros vestigios del Templo Mayor a pocos metros del costado derecho de la catedral en 1978.
El complejo sagrado de los mexicas era el epicentro de la vida social, política, religiosa y económica de la ciudad, repartida entre las setenta y ocho construcciones que lo conformaban. Según el modelo de pensamiento de la época, el templo se construyó en el punto exacto en el que confluían los cuatro puntos cardinales y los tres niveles verticales del cosmos, es decir, el cielo, la tierra y el inframundo, razón por la cual nunca se podrían cambiar de ubicación al considerar que ese lugar era el centro del universo, aunque se ampliase en las sucesivas remodelaciones.
Pasear entre sus muros es caminar sobre una parte fundamental de la historia mesoamericana de la que surgió un imperio. Su museo dialoga con el legado mexica a través de los hallazgos realizados, cobrando especial protagonismo los recuperados del centro ceremonial, así como un enorme monolito de la diosa de la luna, también llamada Coyolxauhqui.
A lo largo de sus ocho salas podemos acercarnos a la elaborada sociedad prehispánica y conocer mejor sus hábitos y costumbres, su esquema comercial, sus creencias y deidades, sus sistemas agrícolas, la flora y la fauna.
Entre los hallazgos más significativos esta la Piedra del sol, también conocida como Calendario Azteca, si bien esta se expone en el Museo Nacional de Antropología.
Al sur de la ciudad se halla la Zona Arqueológica de Cuicuilco, cuyo origen se sitúa en el año 800 a.C. Considerado como uno de los asentamientos más antiguos de Mesoamérica, su puesta en valor fue vital para conocer el punto embrionario del posterior desarrollo de otras civilizaciones de la región. La estructura urbana estaba presidida por una gran pirámide circular, única en la arquitectura prehispánica, que actuaba como centro ceremonial y símbolo de la cosmovisión de aquellas gentes.
De vuelta a la vibrante Ciudad de México, en pleno bosque de Chapultepec se alza un gran edificio, moderno en su diseño y especialmente sugerente. Alrededor del patio central del Museo Nacional se Antropología, el más grande del país y uno de los más visitados del mundo, se suceden veinticuatro salas expositivas con una puesta en escena inmersiva y espectacular. Repartidas conceptualmente entre el arte prehispánico y el pasado etnográfico de las diferentes regiones del país, conserva y custodia más de diez mil piezas originales. Entre ellas destacan la Piedra del Sol o Calendario Azteca tallada en piedra basáltica que con sus más de tres metros de diámetro y veinticuatro toneladas protagoniza la narrativa, las cabezas colosales de la cultura olmeca, las monumentales esculturas teotihuacanas dedicadas a los dioses del agua, la tumba de Pakal, las ofrendas funerarias de Monte Albán, las estelas de Xochicalco, así como un atlante tolteca traído desde Tollan-Xicocotitlan y el Monolito de Tláloc que vigila la entrada principal. Y esto es sólo una pequeña muestra de lo que atesora entre sus muros.
Una ciudad para vivirla
Ciudad de México en su magnitud es un escenario poliédrico salpicado por gran cantidad de enormes murales firmados por grandes artistas. Desde el distrito de Reforma donde los modernos rascacielos de oficinas desafían el sustrato sísmico sobre el que se asientan y la exclusiva zona residencial de Polanco, hasta los ensoñadores barrios de Coyoacán, la Roma o La Condesa en los que se respira la esencia más genuina, el mosaico es cautivador.
Polanco representa la sofisticación, el lujo y los restaurantes con estrella Michelín sin renunciar a las manifestaciones culturales como el museo Soumaya, uno de los más importantes del mundo en su género con su discurso reflexivo a través del arte americano y europeo de los últimos siglos o el Jumex con su apuesta por el arte más vanguardista internacional.
Roma y La Condesa son la cara bohemia, epicentro de la vida nocturna y cultural con avenidas arboladas en las que sobresalen hermosos edificios Art-Decó, el ambiente cosmopolita y el espectáculo culinario de las taquerías de la Roma, las tiendas de moda de diseñadores locales y escenarios ideales para pasear como el parque España.
Chapultepec es el parque natural urbano más grande del mundo. Es tan inmenso que alberga lagos, museos como el Nacional de Antropología o el de Arte Moderno con predominancia de la década de los años treinta del siglo pasado y con excelentes obras de los universales Frida Kahlo, David Álvaro Siqueiros, Diego Rivera y un largo etcétera de artistas mexicanos.
Por encima de las copas de los árboles y gozando de las increíbles vistas de la ciudad, el castillo de Chapultepec es la sede del museo Nacional de Historia. Lo que comenzó siendo una mansión de recreo durante el segundo virreinato de la Nueva España en el siglo XVI hoy es un majestuoso edifico que alterna los estilos barroco y neoclásico. En él tuvo su última residencia, llena de lujos y refinamiento hoy visitables, el emperador Maximiliano de Habsburgo, pero hasta entonces el complejo sufrió una azarosa evolución.
No podemos abandonar el bosque de Chapultepec sin visitar el Complejo Cultural los Pinos, donde se alza la que fue hasta el 2018 residencia oficial del presidente de la república, pasando de ser un espacio de poder a un lugar de recreo. Además de los hermosos jardines con pinos como protagonistas junto a los bustos de los diferentes presidentes, el complejo conserva una interesante muestra de obras de arte acorde a los diferentes gustos de los magnates, sus muebles, recuerdos y documentos importantes de la historia mexicana más reciente.
El Centro Histórico, declarado Patrimonio Mundial de la UNESCO, es otra joya mexicana con más de dos mil edificios culturalmente relevantes como palacios, construcciones coloniales o la Catedral Metropolitana. Su prolongada construcción entre los siglos XVI y XIX propició que sea un compendio de estilos artísticos y arquitectónicos, dentro y fuera del templo, desde el gótico hasta el neoclásico, pasando por el barroco y el churrigueresco.
Siguiendo la calle Madero, una de las primeras construida por los españoles y hoy llena de tiendas y lugares de ocio, se llega a la frontera con el barrio de Coyoacán, pero antes, el Palacio de Correos merece un alto por su arquitectura ecléctica con influencias platerescas, góticas y mudéjares, además de su espectacular escalera.
Frente a él se alza el Palacio de Bellas Artes con su magnífica colección de diecisiete murales de artistas mexicanos de la talla de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, entre otros, llenando la plaza que preside con su elegante presencia, propia del Teatro Nacional que en su día fue. Su concepto multifuncional le permite ser sede también del museo Nacional de Arquitectura, de la Orquesta Sinfónica Nacional y de la compañía Nacional de Ópera.
Coyoacán es el barrio más colonial y uno de los más bellos. Su magia invita a recorrer las empedradas calles llenas de color y sus plazuelas impregnadas de romanticismo en las que no faltan pintorescas iglesias, galerías de arte, puestos callejeros o librerías y boutiques.
El epicentro del barrio es Jardín Hidalgo, una vibrante plaza de edificios coloniales presidida por la iglesia de San Juan Bautista del siglo XVI. Es el punto de encuentro ideal para deleitarse con la música callejera, con los puestos de venta de todo tipo de artículos y disfrutar de buena comida tradicional en originales restaurantes o, simplemente, relajarse en la terraza de un café viendo la febril cotidianidad del sugerente entorno.
Tampoco podemos dejar de lado el Mercado Artesanal Mexicano para apreciar la cara más popular de las artes o el Mercado de los Antojillos para degustar, por ejemplo, sabrosos tacos y quesadillas.
Frida Kahlo, la mexicana universal
La silueta de la artista está presente en toda la ciudad. Desde el parque Frida Kahlo hasta el más inesperado rincón, su carismática figura parece acompañarnos, pero hay dos lugares cuya visita es imprescindible para una mejor experiencia de Ciudad de México.
En pleno barrio de Coyoacán se alza la Casa Azul, la icónica vivienda en la que pasó gran parte de su vida con Diego Rivera, ofreciendo una visión profunda de su mundo personal y artístico, mostrando su vida, su obra y algunas creaciones originales de su esposo, además de sus relaciones con otros grandes artistas.
El Museo Casa Kahlo, popularmente conocido como Casa Roja, es mucho más que un escenario museístico, es el hogar de una familia y el laboratorio de un legado cultural de incalculable valor, una cámara del tiempo en la que se han conservado recuerdos hasta ahora inéditos, objetos y relatos de una historia familiar interesantísima y de la que la artista hizo su santuario creativo.
Antes de partir
No podemos irnos temporalmente de Ciudad de México sin dejarnos seducir por el embrujo de los mercadillos. Repartidos por toda la ciudad a cada cual más variopinto, uno de los más interesante es el Mercado de los Sábados en la plaza de San Jacinto. Una parte de los puestos se concentra en el interior de una casa-palacio y otra parte en la misma plaza, dándose cita artistas y artesanos que ofrecen sus genuinas creaciones a los amantes del arte y de la cultura.
En un sentido más prosaico, pero no menos curioso está la Central de Abasto. Considerado como el mercado más grande del mundo, de aquí salen productos para alimentar a más de veinte millones de personas diariamente. Además de los productos perecederos, entre sus pasillos se ofrecen todo tipo de materias primas y una oferta en flores espectacular.
Es visitable turísticamente con la posibilidad de adquirir productos sin ser mayorista, pero uno de los aspectos más atractivos es imbuirse en esa otra cara popular y sin artificios de una de las ciudades más sugerentes de Latinoamérica.
Es absolutamente imposible mostrar Ciudad de México en todo su esplendor en un solo reportaje y esto es una pequeña pincelada, por lo que se hace necesario volver.
Para más información: https://www.turismo.cdmx.gob.mx/
Autor: Revista de Turismo Go Travel
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