Entre ellos destacó La Ranilla, un núcleo habitado por pescadores y marineros cuya actividad resultó esencial para el funcionamiento del puerto y el abastecimiento del Valle de La Orotava. Fueron precisamente estos hombres y mujeres quienes acogieron con especial fervor la imagen de la Virgen del Carmen y protagonizaron su traslado hasta el antiguo Realejo Bajo, iniciando una relación de profunda devoción que se ha mantenido viva durante casi tres siglos.
La veneración hacia la imagen creció con rapidez. Hacia 1750, apenas veinticinco años después de su llegada a Tenerife, los marineros del Puerto de la Cruz realizaron un solemne voto de promesa mediante el cual se comprometían a sacar a la Virgen en procesión cada Domingo de la Octava de su festividad. Aunque existen referencias documentales que acreditan cultos anteriores, este compromiso consolidó una celebración que, desde entonces, ha permanecido ininterrumpida y continúa celebrándose cada último domingo de julio, convirtiéndose en uno de los acontecimientos religiosos más emblemáticos del norte de la isla.
La permanencia de esta tradición no ha sido fruto de la casualidad. A lo largo de los siglos, la devoción ha sabido superar numerosas dificultades que amenazaron con poner fin a esta costumbre. Incendios que afectaron a los conventos donde se custodiaba la imagen, las consecuencias de la desamortización eclesiástica del siglo XIX, etapas de escaso respaldo institucional e incluso la progresiva desaparición de muchas actividades pesqueras tradicionales no lograron romper el compromiso de los denominados "ranilleros", que continuaron renovando cada año su promesa con la misma entrega que sus antepasados.
Esta fidelidad ha permitido conservar una celebración cargada de simbolismo y emoción. Cada edición reúne nuevamente a los marineros del Puerto de la Cruz y a los vecinos de Los Realejos en una manifestación de fe compartida que trasciende el ámbito religioso para convertirse en un elemento esencial del patrimonio cultural e histórico de la comarca. La procesión representa el reencuentro de generaciones enteras unidas por una tradición que ha sabido adaptarse al paso del tiempo sin perder su esencia.
La influencia de esta devoción tampoco quedó limitada al Valle de La Orotava. Con el paso de los años, el prestigio artístico de la imagen y la fuerza de su culto inspiraron nuevas representaciones de la Virgen del Carmen en distintos puntos del archipiélago. Escultores de reconocido prestigio, como Fernando Estévez y Luján Pérez, encontraron en esta talla un referente para la creación de nuevas imágenes que contribuyeron a extender el fervor carmelita por otras islas. Más adelante, el auge del turismo en el Puerto de la Cruz y los movimientos migratorios de numerosos realejeros favorecieron la expansión de esta tradición hacia otros municipios tinerfeños, donde surgieron nuevas capillas y celebraciones dedicadas a la Virgen.
En la actualidad, la historia de la Virgen del Carmen de Los Realejos constituye un valioso testimonio de la profunda relación entre la fe y el mundo marinero en Canarias. Su legado demuestra que el reconocimiento oficial otorgado por la Armada Española a comienzos del siglo XX vino a respaldar una devoción que ya llevaba más de siglo y medio profundamente arraigada entre las gentes del mar. Casi trescientos años después de la llegada de la imagen a Tenerife, la "Guapa Genovesa" continúa siendo un símbolo de protección, identidad y esperanza para quienes encuentran en ella un referente espiritual inseparable de la historia y la cultura de la isla.