Para muchas agencias y operadores turísticos, esta realidad ha significado un giro estratégico. Y no solo eso: lo que empezó como un segmento de nicho se ha convertido en una parte fundamental del mercado. La demanda creciente ha impulsado la creación de “viajes en solitario” —es decir, itinerarios pensados para una única reserva individual—, aunque luego los viajeros comparten la experiencia con otros desconocidos. De esta forma, se combinan dos necesidades: la libertad individual y la posibilidad de socializar. Así lo explica Alex Sánchez, responsable de marketing de la compañía G Adventures, quien señala que han detectado un “gran aumento de viajeros en solitario” en los últimos años.
El perfil mayoritario de quienes viajan solos también ha evolucionado. Si bien en sus orígenes predominaban viajeros jóvenes o aventureros, hoy la gama es mucho más diversa. Las mujeres, por ejemplo, representan un porcentaje considerable dentro de este segmento de mercado, atraídas por una combinación de factores como seguridad, autonomía y deseo de experiencias profundas.
Pero el fenómeno no se reduce a una mera moda pasajera. Muchos viajero/as en solitario valoran el viaje como una forma de reconectar consigo mismos, de generar introspección, de romper con la rutina o de responder al deseo de “vivir el ahora” —una actitud que ha ganado fuerza tras la pandemia.
En respuesta a esta tendencia creciente, los operadores turísticos están adaptando su oferta: diseñan recorridos para un solo viajero, pero integran dinámicas de grupo que facilitan la interacción social, la creación de comunidad incluso en itinerarios individuales, y la flexibilidad necesaria para quienes buscan su propio ritmo. Según los expertos, esta mezcla de independencia y sociabilidad es parte clave del atractivo del “solo travel” moderno.
Además, los viajes en solitario ya no se limitan a un perfil etario o vital particular. Aunque los jóvenes siguen protagonizando gran parte del crecimiento, hay cada vez más viajeros maduros, divorciados, o simplemente personas que desean disfrutar de su libertad sin ataduras. Esa heterogeneidad amplía el mercado y obliga a los agentes turísticos a ofrecer diferentes estilos: desde escapadas relajadas hasta aventuras intensas, desde rutas culturales hasta experiencias más introspectivas o de naturaleza.
Este auge del turismo individual también supone una oportunidad estratégica para destinos, alojamientos y empresas que sepan adaptarse. Aquellos que incorporen productos pensados para viajeros en solitario —con grupos reducidos, flexibilidad, seguridad, posibilidad de socialización— estarán mejor preparados para capitalizar un nicho en clara expansión.
La fuerza creciente del “viaje en solitario” revela que muchos viajeros ya no conciben las vacaciones como algo que debe compartirse necesariamente. La urgencia de vivir, explorar, encontrarse consigo mismos y no depender de los tiempos o decisiones de otros ha transformado a este segmento en una tendencia estable y con fuerte impacto en la industria turística global. Las empresas que lo entiendan y ofrezcan productos adecuados tienen ante sí una ventana de oportunidad amplia y en crecimiento constante.