Este fenómeno responde a varios factores estructurales que van más allá de la simple fluctuación de la demanda turística. En primer lugar, la política interna de China ha favorecido en años recientes la expansión de tiendas libres de impuestos dentro del propio país, especialmente en zonas turísticas como la isla de Hainan, reduciendo así el incentivo de los viajeros para gastar grandes sumas en el extranjero. La existencia de exenciones fiscales domésticas, unida a la creciente sofisticación del mercado chino de consumo, ha hecho que muchos turistas encuentren suficientes oportunidades de compras de lujo y productos de marca sin necesidad de salir del país.
Otra causa de esta nueva realidad es el cambio en el perfil del viajero chino. Las viejas prácticas vinculadas a los viajes en grupos organizados, donde las compras en tiendas eran prácticamente un elemento obligatorio de los itinerarios, han perdido espacio frente a un turismo más independiente y motivado por experiencias culturales o de ocio más que por la adquisición de bienes materiales. Este cambio de enfoque es notable entre las generaciones más jóvenes, que priorizan el descubrimiento de destinos, la gastronomía local y la interacción con la cultura de los países visitados sobre las compras tradicionales de artículos de lujo.
Además, el contexto económico general también influye en estas tendencias. Pese a que el renminbi se ha fortalecido en ciertos periodos y ha facilitado la compra de viajes internacionales, la incertidumbre económica más amplia —incluyendo tensiones en sectores como el inmobiliario y una desaceleración del crecimiento— ha impulsado una mayor cautela en el gasto. Esto se traduce en que, incluso cuando los ciudadanos chinos viajan al extranjero, su propensión a realizar grandes compras ha disminuido, lo que afecta especialmente a economías que antes contaban con un turismo chino de alto gasto.
La reducción del gasto en compras internacionales no significa necesariamente un retroceso general del turismo chino, que sigue moviéndose con fuerza en términos de volumen de viajeros. Más bien, representa un cambio en la naturaleza de ese turismo. Los destinos deben adaptarse a un visitante que busca experiencias más significativas, itinerarios personalizados y actividades culturales, en lugar de centrarse únicamente en las oportunidades de shopping. Esto implica repensar estrategias de oferta turística, diversificar productos y servicios, y enfatizar la riqueza cultural y las experiencias locales para atraer a este segmento en evolución.
Las implicaciones para las economías receptoras son profundas. Para países que han dependido tradicionalmente del turismo chino como motor de consumo en sectores como el retail, hoteles y gastronomía, este descenso en el gasto puede suponer un reto que exige una reconfiguración de las estrategias de captación de turistas. Será crucial redefinir el valor que aportan estos visitantes, enfocándose en estancias más largas, actividades fuera de los circuitos convencionales de compras y productos turísticos vinculados a la cultura, la naturaleza o el patrimonio.
El turismo internacional desde China está entrando en una nueva etapa más madura y diversificada. El desplazamiento desde los desplazamientos centrados en compras hacia experiencias vivenciales y exploratorias no solo refleja cambios en los gustos y comportamientos de los viajeros, sino también una transformación estructural más amplia que invita a los destinos a innovar y adaptarse a las expectativas del turista chino del siglo XXI.