Los efectos se hicieron sentir de manera generalizada en aeropuertos, estaciones, hoteles y atracciones turísticas. La reducción de vuelos en más de 40 aeropuertos de alto tráfico, motivada por faltas de personal debido a que controladores aéreos y agentes de la Administración de Seguridad del Transporte (TSA) siguieron trabajando sin recibir salario, desencadenó cancelaciones, retrasos y congestión en los principales hubs del sistema aéreo norteamericano. Este fenómeno no solo complicó la logística de viajeros nacionales e internacionales, sino que también aumentó los costos operativos para las aerolíneas y redujo la satisfacción de los pasajeros.
Además de los efectos en el transporte y la demanda de viajes, el cierre de emblemáticos sitios turísticos bajo administración federal, como los Parques Nacionales y los museos Smithsonian, representó un golpe significativo para las economías de las regiones de entrada y para miles de pequeñas y medianas empresas vinculadas a estos flujos de visitantes. La ausencia de turistas en lugares como Yosemite, Yellowstone o el Distrito de Columbia generó un efecto dominó en los ingresos de restaurantes, comercios y servicios de hospitalidad locales, sumando al cúmulo de pérdidas económicas.
La repercusión en el mercado hotelero también fue considerable. Las asociaciones de la industria reportaron pérdidas acumuladas por cientos de millones de dólares, con estimaciones de 1 180 millones de dólares en negocios hoteleros perdidos hasta inicios de noviembre, antes incluso de que concluyera la paralización. Estas cifras ponen en evidencia el efecto inmediato que tiene la falta de confianza del consumidor y la cancelación de reservas en hoteles y alojamientos, especialmente durante temporadas que tradicionalmente representan picos de ocupación.
El impacto no se limitó a la actividad turística en sentido estricto, sino que se proyectó a sectores relacionados y a la economía general. El reporte de U.S. Travel incluye tanto pérdidas directas de gastos de viaje —que alcanzaron 2 700 millones de dólares— como efectos indirectos e inducidos que abarcan desde proveedores de servicios hasta comerciantes y empleadores dependientes del turismo. En conjunto, estas pérdidas representan una caída de 1,7 % del gasto total en viajes dentro del país durante el periodo del cierre.
Más allá de las cifras económicas, el sector ha señalado la paralización como una señal clara de cómo la incertidumbre política y administrativa suprime rápidamente la actividad turística, un componente vital de la economía estadounidense que sostiene alrededor de 15 millones de empleos y genera un peso significativo en el producto interno bruto nacional. Las asociaciones del sector han hecho un llamado a los responsables políticos para evitar que futuros cierres generen daño adicional a un segmento que no solo representa puestos de trabajo, sino también la proyección internacional de Estados Unidos como destino.
Los análisis posteriores al cierre apuntan a la necesidad de establecer mecanismos que protejan la continuidad operativa del sistema de viajes y turismo ante posibles interrupciones gubernamentales, incluyendo medidas que aseguren la remuneración de personal esencial y la estabilidad de servicios críticos. De esta forma se buscaría minimizar el riesgo de que decisiones políticas resulten en costes económicos y sociales tan severos como los observados durante este cierre histórico.
El impacto del cierre del Gobierno federal en el turismo de Estados Unidos ha sido profundo y multifacético, afectando tanto a grandes actores del sector como a las economías locales que dependen del flujo de visitantes. La recuperación de estos efectos requerirá no solo esfuerzos estratégicos de marketing y promoción, sino también políticas que fortalezcan la resiliencia del sector frente a futuras interrupciones de la actividad gubernamental.