En Dubrovnik, ciudad de apenas 41.500 habitantes convertida en escaparate global tras su popularidad como escenario audiovisual, la percepción ciudadana refleja la transformación del entorno urbano. Algunos residentes consideran que el centro histórico se asemeja cada vez más a un “museo al aire libre”, donde predominan tiendas y restaurantes orientados al visitante mientras se diluye la vida cotidiana tradicional. Esta sensación de pérdida de autenticidad se suma a la presión inflacionaria, que en Croacia alcanzó el 4,3 % en noviembre según el índice armonizado europeo, casi el doble del promedio de la eurozona.
Ante este escenario, el Gobierno y las autoridades locales han diseñado un paquete de medidas que combina regulación urbanística, control de flujos turísticos y estímulos para el alquiler residencial. Entre las acciones más visibles destaca la limitación del número de apartamentos turísticos en el casco antiguo de Dubrovnik y la restricción del tráfico de cruceros: solo pueden atracar simultáneamente dos barcos al día y se fija un máximo de 4.000 visitantes procedentes de estos buques dentro del recinto amurallado. Además, las entradas a la principal atracción monumental —las murallas históricas— deben reservarse exclusivamente en línea para evitar concentraciones masivas de visitantes de corta estancia que apenas generan gasto local.
Las autoridades también han impulsado reformas legales a escala nacional. Una modificación de la ley de hostelería aprobada en enero de 2025 estableció una distinción clara entre alquiler turístico comercial y alquiler residencial familiar, lo que permitió observar en la temporada alta de ese mismo año una reducción neta de más de 2.000 plazas de alojamiento privado respecto al año anterior. Paralelamente, el número de contratos de alquiler de larga duración aumentó un 11 %, mientras que 3.350 propietarios trasladaron total o parcialmente sus viviendas del mercado turístico al residencial.
La estrategia gubernamental busca también redistribuir temporalmente la demanda turística, incentivando visitas fuera del pico veraniego. Cada año el país recibe más de 21 millones de turistas, una cifra que supera en más de cinco veces su población total, lo que sitúa a Croacia entre los destinos con mayor intensidad turística relativa del continente. Al mismo tiempo, el Ejecutivo intenta contener la construcción en zonas tensionadas para evitar un crecimiento urbanístico descontrolado y facilitar el acceso a vivienda asequible para familias jóvenes.
El liderazgo político ha subrayado que la sostenibilidad del modelo turístico depende tanto de la regulación como de la reputación internacional del destino. El primer ministro advirtió que los precios excesivos o injustificados pueden dañar la imagen del país y provocar que los visitantes no regresen, una reacción que hoy se difunde rápidamente a escala global gracias a las redes y plataformas digitales.
A pesar de las restricciones, los ingresos turísticos continúan creciendo. En los primeros seis meses del año pasado aumentaron casi un 6 % respecto al mismo periodo anterior, y en la última década se han duplicado en la primera mitad del año, lo que demuestra que las medidas no buscan frenar la actividad sino reorientarla hacia un modelo más equilibrado y rentable. El objetivo declarado por las autoridades es priorizar la calidad sobre la cantidad, apostando por un turismo menos masivo, con mayor gasto por visitante y menor impacto urbano y ambiental.
El desafío principal radica ahora en la capacidad institucional para supervisar la aplicación efectiva de estas políticas. Las propias autoridades reconocen que el éxito dependerá de la coordinación administrativa, la disponibilidad de datos fiables y un seguimiento continuo de los resultados. En última instancia, el experimento croata se perfila como un laboratorio europeo de gestión turística sostenible cuyo desenlace podría servir de referencia para otros destinos que enfrentan presiones similares.