El evento reunió a representantes de la sociedad civil, historiadores, descendientes de los protagonistas de aquel proceso histórico y diversas personalidades españolas. La iniciativa fue impulsada por el productor y músico Nacho Cano, quien promovió un encuentro que buscó, más que una reivindicación unívoca, abrir un espacio de reflexión sobre la complejidad histórica que define a México. La jornada comenzó en un enclave profundamente significativo: la iglesia del Hospital de Jesús Nazareno, institución fundada por el propio Cortés en 1524.
Este hospital, concebido apenas tres años después de la caída de Tenochtitlán, fue una obra de carácter singular para su tiempo. No solo respondía a una necesidad sanitaria evidente en una ciudad en reconstrucción, sino que también reflejaba una visión inclusiva poco habitual en el siglo XVI, al atender sin distinción a indígenas, españoles y personas sin recursos. Cortés no se limitó a fundarlo, sino que destinó parte de su patrimonio personal para garantizar su funcionamiento, asegurando su continuidad mediante rentas y dotaciones económicas.
Cinco siglos después, el Hospital de Jesús sigue en funcionamiento, lo que lo convierte en el hospital más antiguo de América en operación continua. En su iglesia, donde hoy reposan los restos del conquistador, se celebró una misa oficiada por el obispo auxiliar de Guadalupe, en el inicio de una jornada que combinó memoria, historia y simbolismo.
La figura de Cortés remite inevitablemente al encuentro con Moctezuma II en 1519, un episodio que marcó el inicio de un proceso histórico de enorme complejidad. Aquel primer contacto no derivó de inmediato en una confrontación abierta, sino que dio paso a una etapa de tensiones, alianzas y transformaciones que culminarían en 1521 con la caída de la ciudad mexica. Sobre sus ruinas se levantaría la actual Ciudad de México, núcleo político y cultural del virreinato de Nueva España.
Este proceso no puede entenderse sin la participación de numerosos pueblos indígenas que se aliaron con los españoles en contra del dominio mexica, lo que añade matices a una narrativa histórica frecuentemente simplificada. La conquista fue, en realidad, un fenómeno plural, marcado por intereses diversos y dinámicas internas complejas.
Otro de los elementos evocadores de la jornada fue la dimensión religiosa vinculada a la figura de Cortés. Originario de Extremadura, el conquistador era devoto de la Virgen de Guadalupe de esa región española. Esta devoción fue trasladada a la Nueva España por los conquistadores extremeños y, años después, se vería profundamente transformada con las apariciones marianas de 1531 en el cerro del Tepeyac, según la tradición católica, al indígena Juan Diego. La Virgen de Guadalupe se convertiría con el tiempo en el principal símbolo espiritual de México.
Tras la ceremonia religiosa, los asistentes se trasladaron a la Plaza de la Revolución, donde se inauguró la primera estatua dedicada a Hernán Cortés en la capital mexicana. La instalación de esta escultura representa un hecho sin precedentes en una ciudad donde, durante siglos, su figura permaneció prácticamente ausente del espacio público.
El acto reunió a historiadores, representantes institucionales y figuras culturales, destacando especialmente la presencia conjunta de descendientes de Cortés y de Moctezuma, un hecho cargado de simbolismo que reflejó el mestizaje histórico y la complejidad identitaria del país. Este encuentro, más allá de su carácter conmemorativo, puso de relieve la necesidad de abordar el pasado desde una perspectiva integradora y crítica.
Durante más de tres siglos, la memoria pública de Cortés en la Ciudad de México había permanecido en un segundo plano. Desde el último homenaje registrado en época virreinal, su figura fue relegada del discurso oficial y del espacio urbano, limitada a referencias discretas como el busto ubicado en el hospital que él mismo fundó.
La reaparición de su memoria en un acto público coincide con debates contemporáneos sobre la interpretación de la historia de América y el papel de España en el continente. Algunas corrientes historiográficas sostienen que los territorios americanos formaron parte de la Monarquía Hispánica como reinos integrados, organizados en virreinatos, y no como colonias en el sentido moderno del término. Este debate sigue abierto y refleja la pluralidad de enfoques sobre un pasado compartido.
En este contexto, el homenaje adquiere un significado que trasciende la figura de Cortés. Se trata de un gesto que invita a revisar la historia sin simplificaciones, reconociendo tanto sus luces como sus sombras. La Ciudad de México, con su identidad mestiza y su riqueza cultural, es resultado de ese proceso histórico complejo que comenzó en el siglo XVI.
El hecho de que los restos de Cortés reposen en el mismo hospital que fundó añade una dimensión profundamente simbólica. Allí, en una institución creada para atender a todos sin distinción, se conserva uno de los legados más tangibles de su paso por la historia.
Más de trescientos años después, la ciudad que surgió tras la caída de Tenochtitlán ha vuelto a pronunciar su nombre en público. Un reconocimiento tardío, pero significativo, que refleja la voluntad de dialogar con el pasado y comprender mejor las raíces de una de las metrópolis más importantes del mundo.