En este contexto, Air New Zealand ha anunciado la cancelación de 1.100 vuelos programados hasta comienzos de mayo de 2026. La medida afectará aproximadamente a 44.000 pasajeros y responde a la imposibilidad de asumir el fuerte incremento en el coste del combustible que utilizan sus aeronaves.
La compañía neozelandesa se convierte así en uno de los primeros ejemplos de cómo la crisis energética global empieza a trasladarse de forma directa al transporte aéreo. Aunque la aviación ya ha enfrentado en otras ocasiones periodos de volatilidad en los precios del petróleo, la actual combinación de tensiones geopolíticas, rutas alteradas y encarecimiento del combustible está generando un escenario especialmente complejo para la planificación de las aerolíneas.
El impacto no se limita únicamente al coste del carburante. La guerra y las tensiones en determinadas zonas obligan a las compañías a modificar sus rutas para evitar áreas consideradas de riesgo. Estos desvíos implican trayectos más largos, mayor consumo de combustible y, en algunos casos, escalas técnicas adicionales para repostar. Todo ello incrementa todavía más los costes operativos y complica la gestión de la programación de vuelos.
Desde el inicio del conflicto, miles de vuelos han sido cancelados en distintas regiones del mundo y decenas de miles de pasajeros se han visto afectados por cambios de itinerario o retrasos. Según estimaciones de consultoras especializadas en aviación, más de 37.000 vuelos hacia o desde Oriente Medio han sido cancelados desde que comenzó la escalada bélica a finales de febrero.
En este escenario, muchas compañías intentan mitigar el impacto mediante estrategias financieras como la cobertura del precio del combustible. Estos mecanismos permiten fijar de antemano el coste de una parte del queroseno que consumirán en el futuro, reduciendo así la exposición a las fluctuaciones del mercado energético. Sin embargo, no todas las aerolíneas cuentan con este tipo de protección, lo que las hace más vulnerables a subidas bruscas del petróleo.
Las grandes compañías europeas suelen cubrir una parte importante de su consumo previsto, lo que les otorga cierta estabilidad en momentos de volatilidad. Otras aerolíneas, especialmente en algunos mercados internacionales, operan con menor nivel de cobertura y deben asumir directamente las variaciones del precio del combustible. Esta diferencia explica por qué algunas empresas están sufriendo con mayor intensidad el impacto de la crisis.
El encarecimiento del queroseno también empieza a reflejarse en el precio de los billetes. Analistas del sector prevén que las tarifas aéreas puedan aumentar entre un 8 % y un 9 % si el petróleo se mantiene en niveles elevados durante los próximos meses. Aunque la demanda de viajes continúa relativamente sólida, el incremento de costes amenaza con trasladarse progresivamente al consumidor final.
A pesar de este contexto complicado, el sector confía en que el impacto pueda ser temporal si los mercados energéticos se estabilizan. Las aerolíneas han demostrado en el pasado una notable capacidad de adaptación ante crisis externas, ajustando rutas, reduciendo capacidad o renegociando costes operativos para mantener su actividad.
Sin embargo, la situación actual vuelve a evidenciar la enorme dependencia de la aviación respecto al precio del combustible. Mientras el mercado energético siga marcado por la incertidumbre geopolítica, las aerolíneas deberán continuar tomando decisiones difíciles para equilibrar sus cuentas y garantizar la continuidad de sus operaciones.