Bernardo Sabisky
El riesgo invisible del turismo masivo
Bernardo Sabisky
El riesgo invisible del turismo masivo
Bernardo Sabisky
El riesgo invisible del turismo masivo
Bernardo Sabisky es un destacado periodista, fotógrafo, escritor y docente argentino, reconocido por su labor en el ámbito del periodismo turístico y la comunicación visual.
Director de Viajes, Fotos y Comidas, Sabisky combina su experiencia como editor gráfico, de video y sonido con su profunda conexión con la industria de los viajes y la cultura, construyendo contenidos que inspiran y educan a audiencias de todo el mundo. Residente en Buenos Aires, se desempeña como Director para Argentina de la Organización Mundial de Periodismo Turístico y preside la Asociación Internacional de Comunicación, Empresas y Turismo (AICET). Además, forma parte de importantes redes internacionales, aportando su visión estratégica en turismo religioso, astroturismo y comunicación profesional, y fortaleciendo la presencia de Argentina en espacios globales.
Durante décadas, la planificación turística se apoyó, casi con devoción técnica, en números contundentes: cantidad de visitantes, ocupación hotelera, vuelos semanales, densidad en playas, flujo vehicular. Todo medible. Todo prolijo. Y, sin embargo, incompleto.
Hay una variable menos visible, más delicada, que empieza a colarse en la conversación global sobre sostenibilidad turística: la capacidad de carga psicológica de la comunidad residente. Dicho así suena académico. Pero no lo es. Es, en realidad, profundamente cotidiano.
Más allá del cemento: cuando el límite no se ve
La capacidad de carga física responde a una pregunta concreta: ¿cuántas personas entran en un lugar sin que colapse?
La capacidad de carga psicológica, en cambio, plantea otra inquietud, más incómoda si se quiere: ¿cuánta presión social y emocional puede tolerar una comunidad antes de que la hospitalidad se convierta en rechazo?
La clave, la verdadera clave aquí es que no hablamos de percepciones caprichosas. Hablamos de señales claras. Señales que aparecen cuando el residente evita la plaza del barrio porque ya no la siente propia. Cuando el aumento del costo de vida instala la sensación de desplazamiento. Cuando el ruido constante altera el descanso. Cuando la identidad cultural empieza a exhibirse como mercancía y no como patrimonio vivo.
Y, tal vez lo más revelador, cuando en las conversaciones diarias se instala una palabra que antes no estaba: “saturación”. O “invasión”. No siempre dichas con enojo. A veces, apenas como un suspiro.
En ese punto el destino puede seguir creciendo en estadísticas. Pero empieza a erosionarse en esencia.
La hospitalidad también se agota
Conviene decirlo sin rodeos: la hospitalidad no es infinita. No es un recurso natural inagotable. Es un capital social que depende del equilibrio percibido entre beneficios y costos.
Cuando la comunidad siente que participa y obtiene resultados concretos del turismo, hay aceptación. Cuando percibe que solo absorbe externalidades negativas, emerge resistencia. Y esa resistencia no suele estallar de un día para el otro, se filtra, se acumula, se normaliza.
Diversos estudios sobre percepción social en destinos consolidados coinciden en algo: el detonante del conflicto no es únicamente el volumen de turistas, sino la sensación de pérdida de control.
Un vecino que siente que su barrio dejó de ser habitable.
Un padre que observa que los alquileres expulsan a sus hijos.
Un trabajador que percibe que su cultura se trivializa frente a la demanda externa.
Eso, aunque no figure en los balances contables, impacta en la competitividad turística a mediano plazo.
El error estructural en la gestión turística
La mayoría de los planes estratégicos continúan priorizando indicadores económicos: crecimiento de llegadas, gasto promedio, inversión en infraestructura. Son datos necesarios, nadie lo discute. Pero rara vez se incorporan métricas sistemáticas sobre:
Nivel de satisfacción de los residentes.
Percepción de saturación.
Bienestar emocional vinculado al turismo.
Grado de identificación con la actividad turística.
¿Por qué? Porque la tolerancia social es más difícil de medir que la capacidad de una autopista. Porque históricamente el éxito se definió como expansión, no como equilibrio.
La infraestructura puede ampliarse.
La paciencia colectiva, no.
Cuando el colapso no aparece en las cifras
El deterioro de un destino no siempre se expresa en carreteras colapsadas o playas desbordadas. A veces comienza en el plano relacional.
Primero surge una narrativa social negativa. Después aparecen conflictos públicos. Más tarde, casi inevitablemente, la experiencia del visitante se resiente.
Un residente que se siente desplazado no transmite hospitalidad. Un trabajador agotado emocionalmente reduce la calidad del servicio. Una comunidad polarizada genera una atmósfera que el turista percibe, incluso sin comprender del todo qué ocurre.
El turismo es, en esencia, una experiencia emocional. Si el entorno social está tensionado, esa experiencia pierde autenticidad. Y cuando pierde autenticidad, pierde valor.
La percepción ciudadana como indicador técnico
Incorporar la capacidad de carga psicológica en la gestión turística implica asumir algo fundamental: la percepción ciudadana no es una opinión anecdótica. Es un dato técnico.
Eso exige sistemas permanentes de medición social, no encuestas esporádicas, observatorios de convivencia turística que integren variables sociales y emocionales, límites dinámicos de crecimiento definidos también por indicadores de aceptación comunitaria.
Exige, además, políticas de redistribución visibles y participación real en la toma de decisiones. No consultas simbólicas. Participación concreta.
Puede parecer complejo. Lo es. Pero ignorarlo resulta mucho más costoso.
Sostenibilidad auténtica: equilibrio antes que volumen
La sostenibilidad no puede medirse solo por certificaciones ambientales o récords de visitantes. Un destino verdaderamente sostenible es aquel donde:
El residente conserva calidad de vida.
La identidad cultural se fortalece.
El visitante se integra sin desplazar.
La convivencia es armónica.
Si la gestión actual no incorpora la percepción ciudadana como variable estructural, estaremos construyendo destinos con fecha de caducidad.
El turismo no fracasa cuando deja de crecer. Fracasa cuando pierde legitimidad social.
Una nueva agenda para la convivencia turística
El desafío hacia adelante no será atraer más visitantes. Será gestionar mejor la convivencia.
Pasar de medir flujos a medir bienestar.
De maximizar llegadas a optimizar equilibrio.
De planificar infraestructura a planificar relaciones sociales.
La capacidad de carga psicológica no es un concepto blando. Es, probablemente, el indicador más sensible de la salud de un destino turístico.
Porque cuando la comunidad deja de creer en el turismo, el turismo empieza a perder su razón de ser.
Y recuperar esa confianza, una vez erosionada, lleva años.
Autor: Bernardo Sabisky
Las ideas y opiniones expresadas en este documento no reflejan necesariamente la posición oficial del Tourism and Society Think Tank ni comprometen en modo alguno a la Organización, y no deberán atribuirse al TSTT o a sus miembros.
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