Carlos Dragonné
Periodismo turístico: el dilema de la venta vs. la investigación
Carlos Dragonné
Periodismo turístico: el dilema de la venta vs. la investigación
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Carlos Dragonné
Periodismo turístico: el dilema de la venta vs. la investigación
¿Cuándo la necesidad de sobrevivir comercialmente diluyó la esencia del periodismo de viajes? No es una pregunta nueva, pero la urgencia de responderla resulta cada vez más inaplazable.
El periodismo turístico que se produce en México —y en buena parte del mundo— enfrenta una transformación callada: la de una disciplina que olvida, a ratos, que su función primaria es indagar, contextualizar y cuestionar. El vértigo de la pauta publicitaria, la seducción de los viajes pagados por oficinas de promoción y la creciente dependencia de los contenidos patrocinados han ido moldeando una narrativa en la que a menudo resulta difícil distinguir entre el catálogo de ventas y el artículo editorial.
No se trata de señalar a nadie, sino de preguntarnos qué hemos perdido en el camino y qué podemos recuperar si decidimos incomodar en lugar de aplaudir.
La comercialización de destinos: ¿negocios o periodismo?
Los grandes foros del turismo internacional —el Tianguis Turístico, IPW (el trade show de la Asociación de Viajes de Estados Unidos), FITUR y otros— se han consolidado como plataformas de negocios. Son, sin duda, espacios vitales para la industria. Pero también son el reflejo más evidente de un problema de fondo: cuando el periodista asiste como invitado de una oficina de convenciones, ¿a quién sirve su mirada?
En la edición 49 del Tianguis Turístico, celebrada en Rosarito, Baja California, las cifras oficiales deslumbraron: 1,700 compradores internacionales de 44 países, 3,216 expositores mexicanos y una derrama proyectada de 1,350 millones de pesos. Sin embargo, como apuntan diversas voces críticas, el formato del evento sigue privilegiando los discursos políticos, los actos protocolarios y el lucimiento de funcionarios sobre la generación de negocio efectivo. Mientras tanto, la prensa turística —especializada, formada y con trayectoria— fue, en algunos casos, marginada como mero “relleno funcional” o “adorno más en el salón de los anuncios”.
¿No es paradójico que el periodismo que debería analizar la industria termine siendo tratado como un apéndice prescindible? ¿Cuándo dejamos de preguntar, por ejemplo, sobre las condiciones reales de los destinos que promocionamos?
La promoción turística en México: crisis de liderazgo y vacío institucional
Uno de los datos menos discutidos, pero más reveladores, es la desaparición del Consejo de Promoción Turística de México (CPTM) durante el sexenio pasado. El organismo se encargaba no solo de fortalecer la marca país, sino también de activar mecanismos de contención de crisis y relaciones públicas estratégicas. Su ausencia ha dejado un vacío que hoy intentan llenar alianzas privadas con empresas como BBVA y Cinépolis, mientras que otros destinos líderes mundiales —como España, con una inversión de 100 millones de euros, o Las Vegas, con alrededor de 200 millones de dólares— destinan presupuestos públicos robustos a su posicionamiento.
El resultado: una promoción turística supeditada a decisiones políticas de corto plazo y a presupuestos insuficientes, sin un marco de Estado que garantice continuidad y transparencia. Y, en medio de esta orfandad institucional, el periodismo especializado se debate entre la necesidad de la publicidad —que muchas veces proviene de los mismos actores a los que debería investigar— y la urgencia de sostener una voz crítica.
La agenda del silencio: gentrificación, abuso de precios e impacto ambiental
Mientras las revistas de viajes repiten la misma danza acuática de los diez chisguetes de las fuentes en Las Vegas o celebran la poética de la arquitectura cansada de hoteles de “lujo” mientras las calles se llenan de gente en situación de calle, desplazados por una economía de abandono. Cuando uno viaja a España, no dejas de preguntarte: ¿dónde están los reportajes sobre el sobreturismo en Madrid que ha multiplicado la gentrificación y transformado el paisaje urbano hasta hacer desaparecer librerías y tabernas centenarias?
En España, la crisis habitacional es ya un problema estructural. El precio de la vivienda ha aumentado un 47 por ciento entre 2015 y 2023, y el de los alquileres un 85 por ciento en la última década, en gran medida por la proliferación de pisos turísticos y de temporada. En Barcelona, los activistas detienen autobuses turísticos y los rocían con pistolas de agua bajo el lema “Apaguemos el fuego del turismo”. Miles de residentes marchan exigiendo una revisión del modelo económico que agrava la crisis habitacional y transforma sus ciudades. Pero de todo esto, el viajero que consulta los grandes portales de turismo rara vez se entera.
En México, el fenómeno no es distinto. La Riviera Maya y Cancún, concebidos como destinos turísticos, están viviendo procesos de gentrificación y turistificación que desplazan a la población local y generan una profunda desigualdad económica. El pueblo maya, en particular, ve cómo la expansión hotelera y megaproyectos como el Tren Maya ponen en riesgo no solo el territorio y el medio ambiente, sino sus formas de vida tradicionales. Y mientras tanto, la crítica escasea. La mayoría de los contenidos se limitan a aplaudir la belleza de los cenotes, la excelencia de la gastronomía y el lujo de los nuevos desarrollos.
¿Dónde están los reportajes que pregunten por la brecha económica generada por el abuso turístico? ¿Dónde los análisis sobre la falta de regulación de los alquileres temporales? ¿Dónde, en fin, el periodismo que incomode a quien tiene el poder económico y político para cambiarlo?
La pandemia del algoritmo y la rendición del periodista
El periodismo turístico ha cedido, además, ante otro enemigo silencioso: el algoritmo. La búsqueda de clics, de visitas, de contenidos “que funcionen” en redes sociales ha llevado a muchas publicaciones a privilegiar la espectacularidad por encima de la profundidad. Los influencers —convertidos en expertos improvisados— han multiplicado su presencia mientras los periodistas con oficio pierden espacio. Pero el debate no es contra ellos. Es contra la ausencia de regulación y transparencia.
México apenas comienza a regular esta industria. Existen propuestas legislativas para multar a influencers que realicen publicidad engañosa o contenidos nocivos, con sanciones de hasta 1.1 millones de pesos. También se habla de la necesidad de que especifiquen cuándo existe una colaboración pagada, una exigencia básica de transparencia que ningún medio serio debería obviar. La Ley Fintech, por su parte, vigila ya las transacciones electrónicas pero sin abordar directamente la cadena de pagos entre marcas, agencias y creadores de contenido.
Al mismo tiempo, el debate sobre el daño causado por los algoritmos de las redes sociales ha llegado a los tribunales. Meta enfrenta demandas por diseñar productos deliberadamente adictivos para usuarios jóvenes, y una corte de Nuevo México ha dictaminado que la compañía deberá pagar 375 millones de dólares por violar las leyes de protección al consumidor. Se exige que Meta rediseñe su algoritmo para priorizar contenido de calidad para menores y elimine el “scroll infinito” y el “autoplay”.
El periodismo turístico seguirá siendo digno y creíble en la medida en que sepa separar la información de la promoción, la crítica del aplauso, y la investigación de la crónica complaciente.
La urgencia de un periodismo que incomode al poder
El problema no es solo comercial o de enfoque editorial. Es, en el fondo, un problema de poder y de corrupción sistémica. Porque las manos que firman los convenios de promoción turística en los Tianguis y las ferias internacionales son las que, en paralelo, negocian con desarrolladores inmobiliarios, concesionarios de playas y fondos de inversión extranjeros que ven en México un paraíso fiscal y normativo para explotar sin rendición de cuentas.
El periodismo turístico ha sido, durante décadas, un espacio de tránsito cómodo. Rara vez se habla de las concesiones irregulares en zonas costeras protegidas, de los desalojos de comunidades indígenas para construir campos de golf, de los vínculos entre funcionarios de turismo y empresarios que operan en paraísos fiscales. Nadie pregunta por qué ciertos proyectos faraónicos reciben luz verde mientras los estudios de impacto ambiental se archivan en un cajón. Nadie investiga a los fondos de inversión que compran cadenas hoteleras enteras y elevan los precios hasta hacer inaccesible la costa mexicana para los propios mexicanos.
¿Dónde está el periodismo que ponga en la mesa de decisiones las consecuencias reales del viajero?
No solo las huellas de carbono o el estrés hídrico, sino los efectos sociales: la gentrificación que expulsa a los pescadores y campesinos de sus tierras; la inflación de servicios básicos que convierte a los destinos turísticos en zonas inviables para los locales; la precarización laboral disfrazada de “empleos verdes” en hoteles todo incluido.
El viajero consciente merece saber que su decisión de compra —el vuelo que elige, el hotel donde se hospeda, la excursión que contrata— tiene implicaciones directas en la vida de las comunidades que visita. Y el periodismo tiene la obligación de contarlo, aunque eso signifique perder pauta o enfrentarse a las oficinas de turismo que financian los viajes de prensa.
Una cadena rota y unos guardianes olvidados
La industria turística se alimenta de una cadena de valor que va desde el campesino que cultiva los ingredientes del restaurante hasta el artesano que teje la hamaca, desde el guía local que conoce los senderos secretos hasta la señora que vende empanadas en la playa. Esa cadena, sin embargo, está rota. Los grandes beneficiarios del boom turístico son siempre los mismos: grupos hoteleros, aerolíneas, touroperadores internacionales y, en México, unas pocas familias con conexiones políticas.
Mientras tanto, los guardianes de la tradición y las historias reales —los pueblos originarios, los pescadores ribereños, los agricultores de chinampas, los artesanos textiles— son abandonados a su suerte. Su sabiduría se usurpa en forma de "experiencias auténticas" que venden las agencias, pero su voz no aparece en los contratos ni en los estudios de viabilidad. El periodismo que se precie de serlo debe preguntarse dónde están esos proyectos verdaderos, los que generan riqueza compartida, los que trascienden más allá de la foto de influencers y los premios de diseño.
La pregunta incómoda que nadie hace
En cada edición del Tianguis Turístico, en cada conferencia de prensa de la Secretaría de Turismo, en cada lanzamiento de una campaña de promoción, hay una pregunta que nadie formula: ¿A quién beneficia realmente este modelo de turismo? ¿A las comunidades que lo habitan o a una elite política y empresarial que ha hecho del turismo un negocio de pocos, opaco y crecientemente insostenible?
Mientras el periodismo turístico no se atreva a investigar las amistades peligrosas, los vínculos con el poder económico y las decisiones que favorecen a unos pocos en detrimento de muchos, seguirá siendo un cómplice silencioso de la devastación. No solo ecológica, sino también social y cultural.
Lo que se pierde no es una actividad económica, sino una identidad completa
Los flashes de las cámaras, los likes en Instagram, las listas de restaurantes "imperdibles" y los artículos que aplauden cada nuevo desarrollo hotelero tienen un costo. Ese costo no se paga en dólares o pesos: se paga en pérdida de identidad, en desaparición de lenguas y tradiciones, en homogeneización de paisajes, en desplazamiento de quienes han cuidado esas tierras por generaciones.
El periodismo turístico tiene una deuda histórica con esos guardianes silenciosos. Puede seguir aplaudiendo la llegada de una nueva estrella Michelin a la Riviera Maya o puede empezar a preguntarse por qué los pescadores de Puerto Morelos ya no pueden llevar el sustento a sus casas porque el mar parece concesionado a extranjeros o, peor aún, a un poder criminal que no tiene quién le ponga un alto.
La esencia que debemos recuperar
No se trata de demonizar al turismo. Se trata de recuperar la esencia del periodismo: preguntar, cuestionar, demostrar. Y hacerlo también en la industria de los viajes, que mueve más dinero en México que las remesas o el petróleo, pero que opera con una opacidad inversamente proporcional a su importancia económica.
Es urgente que el periodismo turístico mexicano —y el internacional que cubre el país— se atreva a poner en la mesa los temas incómodos. Que entreviste a los desplazados, no solo a los funcionarios. Necesitamos publicar las concesiones irregulares, no solo las rutas gastronómicas. Urge que haya investigación y denuncia de los fondos de inversión que compran paraísos, y no sólo portadas con los mismos chefs de siempre que llegan al parque de diversiones de la riviera maya.
Solo así el viajero podrá tomar decisiones conscientes; sólo así las comunidades tendrán voz en los foros donde se decide su futuro. En suma, podemos y debemos apuntar a que la actividad turística deje de ser un discurso vacío de sostenibilidad para convertirse en una herramienta real de desarrollo equitativo.
Porque entre los flashes y los likes, lo que se pierde no es una simple actividad económica. Lo que se pierde, lenta pero inexorablemente, es una identidad completa. Y esa, a diferencia de un vuelo o una habitación de hotel, no tiene tarifa Switch ni política de reembolso.
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Autor: Carlos Dragonné
Sabores de México - Sabores del Mundo
Las ideas y opiniones expresadas en este documento no reflejan necesariamente la posición oficial del Tourism and Society Think Tank ni comprometen en modo alguno a la Organización, y no deberán atribuirse al TSTT o a sus miembros.
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